Poder: ¿de verdad quieres tener el control de tu vida?

Xavier Pont, Psicólogo y emprendedor social en Ship2B

Xavier Pont, Psicólogo y emprendedor social en Ship2B

Acabo de leer el Club de las cinco de la mañanade Robin Sharma, un bestseller mundial que nos emplaza a sacar toda nuestra fuerza interior, levantarnos de madrugada (no pasa nada si es a las seis de la mañana, pero tiene que ser tempranito), meditar un buen rato, pensar (pensar mucho durante todo el día, hasta que nos salga humo por la cabeza), hacer ejercicio (cada uno lo que le de la gana aunque a estos autores les gusta mucho decirnos lo que a ellos les funciona), evitar distracciones como el móvil o la televisión, concentrarnos en lo que nos gusta (da por hecho que sabemos lo que nos gusta), visionar donde queremos llegar y poner toneladas de fuerza de voluntad, motivación, energía, resiliencia, actitud, constancia y determinación militar en conseguirlo. Da igual lo que quieras pero lucha por ello porqué «si tú quieres puedes»,yes we can que diría Obama. Hay muchos consejitos útiles de cómo conseguir ser dueño de tu vida y alcanzar el éxito personal y profesional, porque, de eso se trata, de conseguir ser la mejor versión de ti mismo, de conseguir el desarrollo pleno de tu potencial (que es mucho más de lo que tu piensas porque, si buscas en lo más hondo de ti, encontrarás tu verdadero propósito y esa fuerza que nos lleva hasta el infinito). Robin Sharma representa la nueva versión moderna de los autores de la literatura de la autoestima que se reproducen cada cierto tiempo como si fueran copias de si mismos.

 

¿Sirven de verdad los entrenadores del crecimiento personal?

Cuando uno tiene éxito en su vida personal y profesional (matizo: cree tener éxito porque la vida son percepciones subjetivas y estos gurús siempre se ven como personas equilibradas y exitosas), siente una inevitable tentación de mostrar a los demás el camino. El mundo del crecimiento personal está lleno de egos soberbios que enseñan de forma didáctica como llevar una vida con plenitud, el ideal que todos deberíamos adoptar. Hay fórmulas para todos los gustos, pero todas ellas suelen mantener algunos patrones comunes: piensa lo qué quieres hacer con tu vida, sal de la tropa que te lleva a ninguna parte, sé dueño de tu destino, y lleva con disciplina militar tus propósitos. A partir de aquí todos le ponen su propia salsa, su cóctel ideal de frutas variadas para que lo degustes con toda su delicadeza. Yo soy feliz y, con mi ayuda inestimable, voy a hacerte feliz, solo tienes que seguir todo lo que te digo a rajatabla. Los más practicones te ponen incluso preguntas y ejercicios, y te hacen dinámicas y talleres dirigidos a convertirte en un firme creyente de su tribu. Lo hacen por ti, para tu felicidad, por supuesto. 

Esta comunidad de coaches y líderes espirituales (su espiritualidad está en que, para ellos, no existen límites terrenales a la voluntad) abundan en la sociedad y son necesarios. Su función es muy útil. Mucha gente necesita empoderarse para llevar a cabo mínimamente sus propósitos. Especialmente los más vulnerables. No pain, no gain que dirían los anglosajones, sin sufrimiento no hay recompensa, y hay que enviar ese mensaje de vez en cuando a la sociedad. Aún así, son muy peligrosos. Te hacen pensar que puedes hacer realidad tus sueños, que todo es cuestión de proponértelo, de hacer un plan y ejecutarlo. La vida es como una empresa, uno planifica, piensa en estrategias y las ejecuta. Las personas que no lo consiguen es porque son débiles y no han buscado suficientemente en su interior para sacar la fuerza que necesitan. Querer es poder. Los que se frustran deben persistir, da igual que su vida miserable no les permita conseguir sus sueños; de alguna manera, deben poder cambiarla, porque todo se puede cambiar con la fuerza y la osadía de tu ser ejecutivo. Y uno se pregunta: ¿Quién es ese ser ejecutivo tan poderoso que reside en nosotros mismos? ¿Tenemos de verdad tanto potencial de cambio? ¿Por qué entonces una buena parte de la comunidad profesional de la psicología critica a este tipo de acompañantes militares? ¿por qué la moda de la literatura de la autoestima cayó en descredito hace unos años? Muchos psicólogos dirían que NO es éste un mundo para los débiles, es un mundo clasista ideal para los fuertes de espíritu, para los niños privilegiados que no tienen miedos, para las personas que no tienen saboteadores internos que les inhabilitan continuamente en sus empeños. Por eso, estos autores triunfan en el mundo empresarial entre los altos directivos que tienen la autoestima por los cielos, en las escuelas de negocio, entre los pobres que sufren su condición y desean fervorosamente triunfar en la vida. No es éste un mundo para los débiles y fracasados. Los que tienen la autoestima por los suelos. Para ellos, todo es mucho más difícil. Pero estos grandes generales del éxito no lo acaban de ver, no acaban de asumir las limitaciones de su enfoque, siguen creyendo que todo es cuestión de voluntad, siguen pensando que incluso los más débiles, identificando sus creencias y limitaciones, y reprogramándolas en cuatro días, puede salir de cualquier pozo. Para los frágiles, aún más disciplina militar. Los que tienen circunstancias adversas en la vida solo tienen que hacer un plan para salir del agujero y persistir. No es verdad que la fuerza de voluntad pueda estar limitada por la genética, no es verdad que haya gente que recaiga a la mínima, en el fondo, es una debilidad más contra la que hay que luchar y, si no lo consigues, es que no persistes suficientemente en tu fin. 

Estos autores pasan también por encima de la presión que genera intentar ser alguien, la angustia que produce tener que conseguir determinados objetivos. Eso es otra barrera a superar, si no aspiras a la cumbre serás siempre un alpinista mediocre. La tentación está para NO caer en ella, contradiciendo así a Oscar Wilde. Los que caen en ella vivirán para siempre una vida miserable porque son esclavos de sus instintos. La vida es para los que quieren tener el control absoluto de su destino. Los que creen que con la fuerza del pensamiento, la razón y la mente pueden crear un ser magnífico.

Por mucho que los critiquen, estos autores son muy necesarios. Quien controla nuestra vida es el Ser ejecutivo, esa capacidad para pensar lo que queremos y ejecutarlo con determinación. Necesitamos una brújula para nuestro comportamiento, necesitamos a alguien que marque lo qué nos conviene, alguien que diseñe planes y acciones concretas, y las ejecute. Es el poder qué manda en nosotros y se enfrenta al Ser autónomo, aquellos instintos naturales y adquiridos que hacen lo que les da la gana. Tener un Ser ejecutivo potente dentro de uno mismo es tener un cierto control sobre nuestro futuro. Dejar que el Ser autónomo mande es dejarnos llevar por el cauce del rio. Para las personas más vulnerables, empoderarlas para tirar adelante es una obligación.  

¿Te has planteado qué tipo de Ser ejecutivo llevas dentro?

¿Tiene criterio nuestro Ser ejecutivo? ¿Es capaz de ser un buen guía para nuestra vida? ¿quien y como ha entrenado a nuestro Ser ejecutivo? ¿Sabemos tomar decisiones sabias en lo que concierne a lo que nos conviene? ¿sabemos evaluar entre las diferentes alternativas que tenemos? ¿o somos excesivamente fantasiosos y aspiramos a conquistar territorios para lo que no estamos preparados? Tener criterio es un don natural que se desarrolla a lo largo de la vida, tener sentido común es el menos común de los sentidos y cuesta una vida adquirirlo. Uno de los males más comunes es desarrollar un Ser ejecutivo demasiado exigente, un moralista de cuidado que te juzga continuamente por tus fechorías. Una especie de padre interior al que no se le escapa ninguna travesura. El Ser ejecutivo se convierte en el padre ejecutivo que lucha con el niño interior en una guerra sin cuartel. Este tipo de gente suelen ser los que más sufren en la vida, diseñan mundos de nobleza y perfección moral para estamparse a la mínima cuando la tentación pasa por la calle. Cuando la distancia entre el ser ideal y el ser real es demasiado grande, esa persona tiene todos los números de la lotería para ser carne de angustia y depresión. ¿Como puedo entonces crear un Ser ejecutivo adulto que tenga buen criterio a la hora de tomar decisiones, que me comprenda en mis miserias, que diseñe planes razonables, que no se frustre a la que caigo y que me ayude a levantarme de nuevo? De ese Ser ejecutivo maduro casi no habla Robin Sharma, es demasiado débil para su gusto. 

Hacia donde ir es todo un arte que precisa de varios artículos como éste. La ciencia de la felicidad nos ofrece algunas respuestas, el Ikiigai japonés nos dirige hacia la confluencia entre lo que nos gusta, lo qué somos buenos y nuestras posibilidades. Un encaje muy difícil que poca gente sabe llevar a cabo. A veces hacemos lo qué nos gusta, pero no somos buenos ni podemos ganarnos la vida. A veces nos dedicamos a algo que somos buenos pero no nos gusta. A veces queremos hacer cosas que nos gustan, donde somos buenos pero no podemos ganarnos la vida. Nos pasamos, a menudo, pensando qué hacer con nuestras vidas. La vida es aquello qué pasa mientras pensamos qué hacer con ella, decía John Lennon. Caminante no hay camino, se hace camino al andar, decía Antonio Machado.  Pero es importante ir pensando en el camino, plantearnos de vez en cuando lo qué queremos ser y ejecutarlo. Solo así tendremos cierto control sobre nuestro destino. 

¿Cuáles son los ingredientes del cambio?

El Ser ejecutivo es el motor del cambio y además de criterio y empatía con uno mismo necesita también de otros ingredientes imprescindibles. El primero de ellos es la motivación. Para cambiar cosas importantes de nuestras vidas, que requerirán de esfuerzos significativos, hay que desear fervientemente el cambio, uno debe sentirse mal consigo mismo hasta el punto de hacerse insufrible la situación que uno vive. Si solo sientes la necesidad un poquito, va a ser difícil emprender el viaje. Cuanto más insoportable se hace la situación, más posibilidades de éxito tenemos de cambiar. Producir cambios cuando la motivación es débil es una apuesta casi segura de fracaso (excepto para los superhombres de Robin Sharma que consiguen todo lo que se proponen, por supuesto). 

Para cambiar, uno debe revivir también la frustración que supone quedarse anclados. Meterse en el sentimiento y desesperación del viajero que no es capaz de variar el destino. Sentir en lo más hondo la desesperación del que no puede salir de su cárcel personal. Solo desde la emoción y la profunda decepción con uno mismo se puede producir el cambio, solo desde el malestar interior, uno puede afrontar nuevos horizontes. 

La actitud es otro componente imprescindible. Las personas convencidas que tendrán éxito tienen más posibilidades de conseguir lo qué quieran. Las personas que tienen saboteadores internos del tipo «nunca consigues lo que quieres”, “siempre acabas dejándolo todo”, “nadie te quiere porque vales poco» sufren mucho más en sus intentos. Las personas que mantienen una actitud positiva, que son más estables, que le ponen siempre buena cara a sus propósitos, tienen más números en la lotería del cambio. 

La fuerza de voluntad y la determinación son otra parte fundamental del cambio. Existe la visión errónea que todos tenemos la misma fuerza de voluntad, pero la genética ha demostrado que esto no es así, que existen personas que están poco dotadas para ejercer un control sobre sus vidas, personas que a la mínima caen bajo el poder de sus instintos. La fuerza de voluntad se puede entrenar pero solo dentro de los límites que permite la genética de cada uno. No le hagas pensar a alguien poco dotado que puede llegar a la luna, porque la caída será mucho peor. Es por ahí donde Sharma cojea y puede ser muy peligroso. Para muchas personas, mas vale aceptar y conformarse con la vida que tienen que aspirar a mundos imposibles. 

La resiliencia es el último gran ingrediente del cambio. Raramente uno consigue lo qué quiere a la primera. El cambio suele suceder en espiral, tres pasitos para adelante, dos para atrás, tres para adelante. El Ser autónomo siempre se rebela con fuerza, a veces, mientras tienes la motivación, la actitud y la determinación te deja hacer a tus anchas, te observa agazapado esperando su ocasión. A la mínima que te despistas aparece por detrás y se impone de nuevo. Nietzsche puso nombre a este fenómeno con su famosa expresión del eterno retorno. Quieres cambiar pero siempre vuelves al mismo punto de origen. Aunque eso, al final, es verdad a medias. Lo que suele suceder es que uno camina pasitos adelante y pasitos hacia atrás, y, al cabo de un tiempo, mira en el retrovisor y se da cuenta que alguna cosa ha cambiado. 

¿Merece la pena empoderarnos?

¿Queremos ser superhombres como Sharma propone? ¿Qué necesitamos para empoderarnos de verdad y llevar nuestra vida hacia un camino de plenitud y sentido? Es evidente que necesitamos una brújula razonable, un Ser ejecutivo que sepa aceptarnos como somos y diseñe unos planes a nuestra medida. La distancia entre nuestros ideales y nuestra realidad cotidiana debe ser la justa para no generarnos frustración, ser ambiciosos dentro de nuestras posibilidades, proponer cambios que podamos asumir. Y aceptarnos como somos, reconciliarnos con nuestras miserias y saber que también forman parte de nosotros. Para cambiar sí es importante entrenar a nuestra fuerza de voluntad, conectar con nuestra motivación, generar la actitud adecuada y aceptar que el cambio sucede habitualmente de forma lenta. Caer en la tentación de vez en cuando no es un pecado por el que debamos sufrir un castigo eterno. Dicho lo cual, las personas que no tienen un Ser ejecutivo potente, que no son mínimamente dueños de una parte de su destino, quedan al albur de las circunstancias, del flujo de la sociedad, son personas absorbidas por la televisión y las necesidades de su entorno, son sumisos de la sociedad. ¿Queremos ser poderosos o sumisos?

Existe un equilibrio entre el ahora y el futuro. Tener presencia en el ahora significa no pensar en el futuro. Dejar la mente a un lado. Aún así, si no pensamos en el futuro no sabremos hacia donde nos dirigimos. Los mindfulness nos dirán que no pasa nada, que disfrutemos del ahora y dejemos que la vida nos sorprenda, estar permanentemente pensando en el futuro es dejar de estar conectados con el presente. Respira, relájate y deja que la vida te lleve. Aun así, los previsores y los desconfiados no lo acaban de ver claro y hacen sus planes. Quizás, digo yo, que existe un equilibrio entre los mindfulness y los superhéroes de Sharma, un punto en el cual uno vive razonablemente en el presente, observando todo lo que le ocurre y, al mismo tiempo, de vez en cuando asume la dirección de su vida y planifica hacia donde quiere dirigirse.